En una cultura laboral donde se valora el rendimiento, la sobrecarga laboral se volvió símbolo de éxito y una señal de compromiso. Incluso el descanso suele percibirse como un lujo.
Dormir bien, disponer de tiempo para actividades recreativas y descansar no es una concesión ni un privilegio; es una condición básica para el bienestar y el funcionamiento saludable del cuerpo y la mente.
Sin embargo, vivimos en una cultura que premia estar ocupados y cuyas consecuencias silenciosas son el agotamiento y la ansiedad. El cansancio crónico se volvió una constante frente a jornadas laborales prolongadas y la hiperconectividad digital.
La exigencia laboral elevada y pasar tantas horas hipercomunicado se traduce en menos horas de sueño, lo que tiene consecuencias que van más allá del simple agotamiento. La falta de descanso afecta la memoria, la capacidad de concentración, la regulación emocional y la toma de decisiones. Incluso una sola noche de sueño insuficiente puede deteriorar el desempeño en tareas cognitivas complejas.
El neurocientífico del sueño Matthew Walker, autor del libro ¿Por qué dormimos? (1), considera que el sueño es el sistema más eficaz que tenemos para restaurar el cerebro y el cuerpo. En otras palabras, el descanso no es enemigo del rendimiento; es un aliado.
La relación entre descanso y desempeño también aparece en investigaciones económicas. En el artículo Las consecuencias económicas del aumento del sueño entre los pobres urbanos, editado por el Departamento de Economía de la Universidad de Harvard (1), se presentan los resultados de un estudio en el cual se midieron las horas de sueño de un grupo de adultos y se exploraron los costos de un descanso reducido. Entre los hallazgos se identificó que las siestas por la tarde o simplemente contar con más tiempo para actividades recreativas tiene efectos positivos en la productividad, el bienestar y la cognición.
A pesar de esta evidencia, en muchos entornos laborales permanece la idea de que siempre se puede hacer un poco más. La disponibilidad permanente, los correos fuera de horario laboral o la expectativa de responder en cualquier momento refuerzan una cultura que invisibiliza la necesidad de descanso.
Esta mentalidad afecta la salud de las personas y, en consecuencia, disminuye la creatividad, la innovación y la capacidad para resolver problemas.
El escenario actual también refleja una percepción extendida de sobrecarga y dificultad para gestionar múltiples responsabilidades laborales. Muchas personas reportan no saber cómo organizar las demandas del trabajo y, al mismo tiempo, encontrar tiempo para desconectarse y descansar.
De acuerdo con los datos recabados por Factor Wellbeing 2025, medición elaborada por el Instituto del Propósito y Bienestar Integral (IPBI), las empresas y la sociedad en general enfrentan un punto ciego: saber desconectarse.
Entre los primeros hallazgos de esa medición destaca que el indicador con menor puntaje entre los mexicanos es: “Al salir del trabajo tengo tiempo y energía para convivir”. Apenas alcanza 3.56 puntos, lo que refleja que integrar el descanso y la recreación en la vida cotidiana cuesta y no resulta fácil de lograr.
En este contexto, el Día Mundial del Sueño, celebrado en marzo, abre una oportunidad para replantear la forma en que entendemos el descanso en la vida cotidiana.
Dormir bien no implica simplemente dedicar más horas a la cama. También significa reconocer que el cuerpo y la mente necesitan pausas reales para recuperarse. Mantener horarios de sueño consistentes, reducir la exposición a pantallas antes de dormir y respetar los momentos de descanso son prácticas sencillas que pueden tener un impacto significativo en el bienestar.
Pero quizá el cambio más importante sea cultural: dejar de pensar el descanso como tiempo improductivo.
En el Informe Lugares de trabajo prósperos: cómo los empleadores pueden mejorar la productividad y cambiar vidas (2), el Instituto McKinsey expone el caso de la empresa de ropa deportiva On. La organización brindó a los empleados herramientas de autocuidado, talleres internos de bienestar y sesiones de coaching, así como espacios para aprender a descansar. La iniciativa generó para la empresa 2.9 millones de dólares anuales en 2022, gracias a la reducción de gastos asociados con la atención de la salud mental de los trabajadores y el ausentismo.
En una sociedad que suele celebrar la hiperactividad y el esfuerzo constante, recuperar el valor del descanso puede parecer revolucionario. Sin embargo, reconocer su importancia no significa renunciar a la productividad, sino entender que el bienestar constituye la base que permite sostenerla.
Tal vez la verdadera pregunta no sea cuánto más podemos hacer reduciendo nuestras horas de sueño, sino qué calidad de vida estamos dispuestos a sacrificar cuando descansar empieza a parecer un lujo. Dormir bien es una inversión silenciosa en salud, claridad mental y bienestar.
Hábitos para mejorar la productividad y el bienestar
El descanso no sólo impacta el rendimiento; también es una condición para cuidar la salud. Dormir mal o no descansar lo suficiente se asocia con mayor riesgo de hipertensión, diabetes y depresión. Las consecuencias tampoco se quedan en el ámbito personal. McKinsey estima que el insomnio no tratado puede costar hasta 2,280 dólares por trabajador al año, debido a menor productividad, errores y ausentismo (3).
Por eso, cada vez más organizaciones comienzan a mirar el descanso y el bienestar como parte de su estrategia de desempeño. Desde el enfoque del Instituto del Propósito y Bienestar Integral, la conversación va más allá de los hábitos individuales: también implica revisar cómo se diseña el trabajo y qué prácticas organizacionales permiten sostener la energía de las personas.
Entre las acciones que pueden impulsar las empresas se encuentran:
- Reconocer el descanso como parte de la salud integral. Dormir bien influye en la concentración, la toma de decisiones y la capacidad para resolver problemas, habilidades críticas en entornos laborales cada vez más exigentes.
- Revisar la organización del trabajo. Cargas laborales excesivas, reuniones continuas o la expectativa de disponibilidad permanente dificultan la recuperación física y mental de los equipos.
- Integrar el bienestar a la estrategia del negocio. Cuando la salud del colaborador se aborda como parte del desempeño organizacional, el bienestar deja de ser un beneficio aislado y se convierte en una condición para la productividad sostenible.
- Medir el bienestar junto con indicadores de desempeño. Evaluar estrés, descanso y equilibrio vida-trabajo permite detectar señales tempranas de desgaste laboral.
- Fortalecer liderazgos que modelen hábitos saludables. La forma en que los líderes gestionan tiempos, prioridades y carga de trabajo influye directamente en la experiencia laboral de los equipos.
Referencias:
Walker, M. (2017). Why we sleep: Unlocking the power of sleep and dreams. Scribner.
Walker, M. (2018). ¿Por qué dormimos? La nueva ciencia del sueño y los sueños. Capitán Swing.
Brassey, J., Jeffery, B., Weedle, B., & Thaker, S. (2025, January 16). Thriving workplaces: How employers can improve productivity and change lives. McKinsey Health Institute.https://www.mckinsey.com/mhi/our-insights/thriving-workplaces-how-employers-can-improve-productivity-and-change-lives