Hay momentos en los que la mente no se detiene: repite una conversación, anticipa escenarios, recuerda un error o se queda fija en una preocupación. Es un patrón automático de atención que, bajo presión, se estrecha y se dirige hacia lo que percibe como amenaza.
Esa manera de funcionar del cerebro tiene una base adaptativa: frente a la presión, el sistema cognitivo prioriza lo que interpreta como amenaza y deja en segundo plano el resto de la información disponible. El problema es que, cuando se vuelve sostenido, se convierte en un límite: reduce la capacidad de ver alternativas, dificulta la toma de decisiones y amplifica la carga emocional de la experiencia.
Aquí es donde aparece el mindfulness. Esta práctica se refiere a la capacidad de dirigir la atención de forma intencional al momento presente, observando pensamientos, emociones y sensaciones sin reaccionar de manera automática ni quedar atrapado en ellos.
Como lo plantea el modelo Mindfulness-to-Meaning desarrollado por Eric L. Garland, investigador en psicología clínica, esta práctica implica entrenar la atención para sostenerla en la experiencia inmediata con un menor nivel de reactividad (1).
Si la atención deja de operar de forma automática y amplía su campo, la interpretación sobre un hecho también puede modificarse. A partir de ahí, lo que antes se percibía únicamente como problema puede empezar a incorporar contexto, matices y posibles respuestas.
Pero este cambio en la interpretación no ocurre de manera espontánea. Si seguimos la referencia del Mindfulness-to-Meaning, encontraremos un proceso en el que la atención no reactiva -es decir, la capacidad de observar pensamientos, emociones o sensaciones sin responder de forma automática- permite reorganizar la forma en que se evalúa una situación.
A este proceso se le denomina “revaloración positiva”, o la capacidad de reinterpretar una situación incorporando información que antes no estaba disponible.
La diferencia es importante, porque no se trata de sustituir una interpretación negativa por una positiva, sino de modificar las condiciones bajo las cuales se interpreta lo que ocurre.
Si la atención se mantiene fija en la amenaza, la forma de interpretar lo que ocurre se vuelve limitada: la persona se centra en el problema y reduce su capacidad de ver alternativas. En cambio, cuando la atención se amplía, empieza a incorporar más información: lo que sucede alrededor, lo que la persona siente y las distintas formas en que podría responder.
Más allá de modificar la reacción
Este cambio en la forma de procesar la información —en el que la atención deja de reaccionar de manera automática y se vuelve más estable— también se ha observado a nivel cerebral. Dado que el mindfulness se entrena comúnmente a través de prácticas meditativas, gran parte de la evidencia en neurociencia proviene de estudios con personas con experiencia en meditación.
Investigaciones como las realizadas por Julie A. Brefczynski-Lewis, en la Universidad Wisconsin–Madison, muestran que las personas con entrenamiento en meditación presentan una mayor eficiencia en redes de atención y una menor reactividad frente a estímulos distractores o emocionalmente intensos. En particular, se identifica una menor activación en regiones asociadas a la respuesta automática y un mayor control sobre el foco atencional, es decir, aquello a lo que diriges tu atención en un momento determinado (2).
Esto indica que el cambio no ocurre únicamente en el contenido del pensamiento, sino en la forma en que el cerebro procesa la información.
El impacto del mindfulness también empieza a observarse en otros niveles. La regulación de la atención y de la respuesta emocional está vinculada con sistemas fisiológicos asociados al estrés. En estudios realizados por Sabrina Venditti, investigadora en biología molecular en la Sapienza Università di Roma, se documenta que distintas prácticas meditativas -una de ellas es el mindfulness- pueden influir en indicadores como el cortisol, en procesos inflamatorios y en la actividad del sistema inmune (3).
Estos efectos no implican una modificación del ADN, es decir, no cambian la información genética. Sin embargo, sí influyen en la manera en que ciertos genes se activan o se inhiben en función de lo que ocurre en el organismo. En este sentido, la meditación se asocia con mecanismos epigenéticos. En otras palabras: los procesos que permiten ajustar la respuesta biológica al estrés a partir de la experiencia.
Cambios en el día a día
Cuando estos hallazgos se trasladan a entornos concretos, como organizaciones y espacios de trabajo, el efecto se vuelve observable. Un ejemplo es el programa “Camino hacia el bienestar consciente”, desarrollado por Healthy Minds Innovations y ofrecido en asociación con el Instituto del Propósito y Bienestar Integral de Tecmilenio. En este tipo de intervenciones se reportan reducciones de estrés de hasta 30% y aumentos en la satisfacción laboral cercanos al 22% (4).
Estos resultados no dependen de una práctica aislada, sino de un entrenamiento sostenido que combina sesiones guiadas, prácticas continuas y evaluación del bienestar en dimensiones como la atención, la conexión, la claridad y el propósito.
Esto permite entender el mindfulness no sólo como una práctica individual, sino como una intervención que impacta en la forma en que las personas procesan la presión, toman decisiones y se relacionan en entornos complejos.
Cuando la atención deja de operar de manera automática, no sólo cambia lo que la persona siente en el momento. Cambia la forma en que interpreta lo que ocurre y, con ello, las decisiones que toma frente a situaciones de presión.
Ahí es donde el mindfulness deja de ser una disciplina aislada y se convierte en una herramienta poderosa para modificar la relación con la experiencia.
Nota de la editora: este contenido forma parte de una serie de dos entregas en la que se explora cómo identificar los beneficios del mindfulness y comprender su sustento científico.
Referencias
(1) Garland, E. L., Farb, N. A., Goldin, P., y Fredrickson, B. L. (2015). Mindfulness broadens awareness and builds eudaimonic meaning: A process model of mindful positive emotion regulation. Psychological Inquiry, 26(4), 293–314. Recuperado dehttps://doi.org/10.1080/1047840X.2015.1064294
(2) Brefczynski-Lewis, J. A., Lutz, A., Schaefer, H. S., Levinson, D. B., y Davidson, R. J. (2007). Neural correlates of attentional expertise in long-term meditation practitioners. Proceedings of the National Academy of Sciences, 104(27), 11483–11488. Recuperado dehttps://doi.org/10.1073/pnas.0606552104
(3) Venditti, S., Verdone, L., Reale, A., Vetriani, V., Caserta, M., y Zampieri, M. (2020). Molecules of silence: Effects of meditation on gene expression and epigenetics. Frontiers in Psychology, 11, 1767. Recuperado dehttps://doi.org/10.3389/fpsyg.2020.01767
(4) Instituto del Propósito y Bienestar Integral. (2026). Camino hacia el bienestar consciente. Tecmilenio.